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Cuentan los más
veteranos que el juego lo ideó un tal Mariano Pérez hacia
1928 en la playa de la Magdalena, junto al Club de Tenis de Santander,
que "cedía" las bolas que caían en la playa o eran vendidas
por los recogepelotas a 50 céntimos o peseta. Según el propio
Mariano, en articulo publicado en El Diario Montañés del
9/10/97, junto con Ramón Gancedo, Lucas Alonso, Luis Bolado y Modesto
Borragán, y con unas raquetas viejas que el mismo encordó,
jugaban a un improvisado tenis en una pista dibujada en la arena húmeda.
Como el cordaje no aguantaba decidió sustituir la raqueta por una
pala de madera que funcionó al cuarto prototipo. Más adelante
se abandonó la arena húmeda y, perdiendo el bote, pasó
a jugarse en la arena seca.
También se
dice que su creador quiso establecer unas normas sobre las dimensiones
del campo, poner una red, y dar al juego un carácter competitivo
en el que los jugadores eliminados diesen paso a los que esperaban para
jugar. Afortunadamente no cuajaron, y la única normativa es no
dejar que la bola caiga a la arena (entre otras cosas el juego quedaría
detenido), dejando a discreción de los participantes las distancias,
amplitud del campo, fuerza de los golpes, estilos,... etc.
Actualmente carece
totalmente de carácter competitivo. Nadie gana a nadie y lo único
que se pretende es que se consiga la máxima duración en
las partidas sin tener que agacharse a coger la pelota. Otra información
sobre su origen nos la da Eduardo García-Lago en artículo
publicado en El Diario Montañés con fecha 1/08/97, según
el cual a finales de los años 30 fueron de viaje en un Rolls Royce
su dueño, Gustavo Gallardo (hacendado granadino que veraneaba en
el Sardinero), y su amigo, el santanderino José María Avendaño.
En Biarritz vieron que en su playa se jugaba a las palas, en una modalidad
diferente a la de las pequeñas paletas con pelota de esponja roja.
El tamaño de la pala era mayor y se jugaba con pelotas de tenis.
Avendaño tomó medidas del artefacto y de regreso a Santander
encargó a un ebanista su confección. Luego inauguraron el
invento en la 1ª playa junto a Piquío en el antiguo club de
la "Caracola". El juego era en la arena húmeda y con bote. Entre
los jugadores habituales cita el articulo aparte de los fundadores a Domingo
Romero, hemanos Arias Corcho, familia del Rio y a Julio Casal que llegó
"con una enorme pala dispuesto a "fusilar" a su contrario contra las rocas
de la improvisada cancha" (sic). Cuando un temporal destruyó la
"Caracola", este se instaló en el lado este del balneario, donde
ahora se encuentran los palistas de la 1ª/La Concha en los meses
de verano.
Desde nuestro punto
de vista esta información no contradice el origen del juego en
La Magdalena por Mariano Pérez, complementándose ambas historias.
Lo que es claro es que el deporte evolucionó desligándose
de la arena húmeda y el bote tal vez debido al éxito de
los "fusilamientos" de Casal, pues el juego actual consiste básicamente
en poner al parador en el "paredón" y pegar cuanto más fuerte
mejor.
Los más veteranos
reconocen que fué en Piquio donde se empezó a jugar tal
y como se juega hoy: pegando y parando sin botar la pelota. Luego llegaría
la prohibición durante la temporada de baño por las ordenanzas
municipales, que prohibían en las playas los transistores, futbol...
y las palas. Epoca gloriosa de escaramuzas con los agentes municipales,
de jugar al gato y al ratón, de partidas ojo avizor por si aparecían
de repente, de enterrar las palas para esconderlas y evitar la multa y
la incautación de la herramienta.... Todo esto acabó afortunadamente
hace pocos años con la decisión municipal de acotar zonas
exclusivas para jugar a las palas en las playas, con lo cual se salió
de la ilegalidad en que se jugaba durante la temporada de verano. Actualmente
mucha gente lo practica durante todo el año. Los fines de semana
puede considerarse como un espectáculo al que los paseantes del
Sardinero suelen asomarse algunos minutos.
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